El caso más curioso dentro de la familia bernalera es quizás el de los Batistuta.
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Y si de su descendencia hablamos, tenemos que referirnos a Epifan Samylkin, que a sus 16 años acaba de arribar al club y ocupa en cancha la misma posición de su padre como marcador central.
Dicho esto, no creas que estamos evitando responder la pregunta del por qué tienen apellidos diferentes si son padre e hijo. La respuesta es fácil, hasta hace poco, Fernando y Epifan eran dos desconocidos.
Así como los Venturina no nacieron en estas tierras, Epifan vio la luz por primera vez a orillas del Mefiterraneo, en la misma tierra que Arstóteles, Pitágoras y Tales de Mileto, unos 9 meses después de que Fernando fuera con 18 añitos a jugar un amistoso por aquellos lares.
Por este motivo ambos desconocían la existencia del otro, pero la mala situacion económica de su madre en el país europeo, llevo a que ésta que nunca había querido revelar la efímera relación con su padre, de repente la reconociera con un boleto de avión que tenía Ezeiza como destino.
Al principio fue difícil, porque ni Fernando hablaba griego, ni Epifan castellano, pero Andrea, la novia de Fernando que además de ser poliglota tenia a sus dos hijos jugando en el club, vio en esta situación la excusa para aprender un nuevo idioma y agregar la musaca a las comidas típicas que a diario hacía.
Con la intérprete de por medio y la pelota como mediadora, los Batistuta empezaron a conocerse, y la vida de un solitario veterano, pronto se transformó en la de un padre con tres adolescentes, porque hay que decirlo, para poder comunicarse (al menos al principio) necestitaron de Andrea y la única forma de tenerla siempre cerca, fue la de ensamblar a toda la familia, que a esta altura, más que un ensamble era un rompecabezas, pero uno de esos que queda bien armado y que se pone como cuadro.
Así, un platense, una rosarina, un romano, un jerosolimitano y un ateniense formaron la familia menos pensada, en derredor de un club que hoy los auna.


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